Hermann Rodríguez Osorio, S.J. sacerdote
colombiano envía una nota semanal donde se reflexiona el evangelio de la
semana. Esta semana no puedo dejar de transcribir su reflexión que se refiera a
el “abismo que existe en entre la paz que
buscamos nosotros, y la paz que el Señor nos regala. Cuando los once discípulos
estaban encerrados en una casa por miedo a los que habían matado al Profeta de
Galilea, el Resucitado vino hasta ellos y les dijo: “¡La paz sea con ustedes!”
y ellos “se alegraron de ver al Señor”. Pero la paz que les traía los iba a
sacar de la paz del encierro y la soledad... En seguida les dijo: “Como el
Padre me envió, también yo los envío”. El Resucitado los desinstala, los saca
de su escondite, de su búsqueda egoísta de seguridad. La paz que el Señor nos
trae, no siempre se parece a la nuestra...”
Nos recuerda que “casi
siempre buscamos la paz encerrándonos en nosotros mismos y evitando todos los
riesgos de la construcción colectiva de nuestras comunidades y de nuestra
sociedad. En esto nos parecemos a los discípulos. Tenemos miedo a ser heridos y
salir lastimados... Hay que reconocer que este miedo no es puro invento. Efectivamente,
tenemos experiencia de haber sido heridos muchas veces en nuestras relaciones
con los demás y procuramos evitar el dolor y el sufrimiento que produce este
choque. Pero también sabemos que cuando nos encerramos y nos aislamos de los
demás y del mundo, gozamos apenas de una paz a medias; es una paz frágil que en
cualquier momento se desvanece en nuestras manos”
Explica
Rodríguez Osorio como “nos encerramos en
una paz frágil porque tenemos miedo al cambio, miedo a los demás, miedo a ser
sacados de nuestro nido. El miedo nos paraliza, nos bloquea, nos confunde.
Hemos desarrollado una serie de tácticas para cerrar nuestras vidas a ese Dios
que quiere sacarnos de nuestro encierro. Echamos llave, literalmente… a
nuestras casas” y de nuestro entorno
“de modo que nadie pueda acercarse a perturbar nuestras vidas con sus
insistencias, con sus invitaciones, con sus interpelaciones. Podemos
encerrarnos también en el exceso de trabajo...”
“Pero el
Señor se las arregla para irrumpir en nuestro interior con el soplo de su
Espíritu y, aún teniendo las puertas cerradas, como los discípulos en el
cenáculo, El viene a inquietarnos y a salvarnos de nuestra aparente paz. Esa es
la Buena nueva de hoy. Que el Señor no se cansa de entrar en nuestras vidas
para ofrecernos SU paz. Una paz que nos abre a los demás con el riesgo de ser
heridos. Las heridas de las manos y el costado es lo primero que les enseña el
Resucitado a los discípulos cuando les anuncia su paz... Se trata, entonces, de
una paz conflictiva, ‘agónica’, como diría don Miguel de Unamuno... Es una paz
que abre desde fuera nuestros sepulcros para que no sigamos viviendo como
muertos, sino para que vivamos una vida plena y auténtica, es decir, llena de
preguntas y de problemas, pero iluminada por Dios que es el que nos ofrece la
auténtica vida en abundancia.”
Que en estas fiestas de Pentecostés el Espíritu Santo despierte
la conciencia de Guatemala y nos traiga SU paz, la que nos llevará a una vida
de verdadera plenitud.
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