Empiezo hoy un camino que no sé a dónde lleva,
parecido a aquellos hippies mochileros que inician un viaje aventurero y no
saben dónde y cómo este pueda acabar. Adelanto
que me ha ido mucho mejor con la comunicación verbal que con la escrita. Mi
enfoque principal de esta columna no va a ser lo que todos sabemos, que el sistema
político guatemalteco y el Estado son inoperantes e insostenibles en función
del pueblo guatemalteco, a quien se debe. Al referirme al pueblo guatemalteco
lo hago sin ningún sesgo. El pueblo somos todos los gobernados sin distinción
de sexo, clase social, étnica, creencia, ideología etc.
Sabemos que actualmente nos gobiernan ciertos
grupos de poder que compiten entre ellos. El gobierno de turno, cualquiera que
sea, representado en los tres poderes del Estado: el ejecutivo, legislativo y
judicial está dominado por estos grupos. Ellos no son hoy en día necesariamente
el capital tradicional que ha perdido el poder de antaño. Los grupos de capital
“nuevo” luchan por salvaguardar sus intereses particulares sin tomar en cuenta
el daño que ocasionan a todos los ciudadanos y a largo plazo a ellos mismos. Estos
grupos luchan por pedazos del pastel presupuestario. Afectan a todo un pueblo
al controlar cuotas de poder en los sistemas de peso y contrapeso democrático
para garantizar que sus intereses nunca se vean afectados. Esto por supuesto
destruye el concepto de democracia y crea un Estado fallido para el ciudadano
que es quien lo financia. El fin del Estado fallido guatemalteco es uno. Está
para que se haga piñata el dinero que el pueblo le entrega en forma de
impuestos y por supuesto para proteger esta forma de proceder.
Como consecuencia y en función de este saqueo se
destruyen sistemáticamente los sistemas de salud, justica, seguridad, educación
etc. La razón por la que estos grupos de poder actúan de esta forma es simple.
Es la expresión máxima del egocentrismo. Su sed por acumular riqueza sin
importar su procedencia y las consecuencias que esto conlleve son insaciables.Se
justifican diciendo que si ellos no son los que roban otros lo harán.
Sin embargo el énfasis de esta columna no será una
critica de lo que es obvio y sabido. El énfasis de esta columna nace del dicho
“cada pueblo tiene el gobierno que se
merece”. El ciudadano no tiene quien
por él, pero es su culpa. Somos miedosos y tenemos miedo a defender nuestros
derechos, a exigir, demandar y gritar que se nos respete, que se respete la ley,
que se haga justicia y que los burócratas cumplan con su trabajo.
Qué difícil es aceptar esta realidad tan cruda. El
pueblo (nosotros) en muchas ocasiones nos comportamos igual a los capos de los
grupos de poder. Somos egoístas y afirmamos “si no me afecta qué me importa”.
Pero además qué egoístas y tremendamente miedosos somos. Ya que afirmamos que si
me quejo me va peor, nos va mal si exigimos, mejor ser como los tres monos
sabios afirmamos.
Este miedo nos hace tremendamente desconfiados.
Desconfiamos de todo y de todos. Por tanto somos egoístas, miedosos y
desconfiados. Es por estas tres razones que merecemos precisamente el gobierno
que tenemos.
El miedo ciudadano es tal que los poderosos hacen
lo que se les ronca la gana, a sabiendas que el pueblo es extremadamente miedoso y van a aguantarlo todo.
Esta columna irá dirigida en contra de la apatía
ciudadana y en apoyo a las acciones que como ciudadanos podemos llevar a cabo
para recuperar el Estado de Derecho y que este nos proteja a todos por igual.
Espero poder contribuir en algo con este
propósito. Este es un camino que considero puede llegar a ser poco popular y
molesto. Pero inicio sin miedo, confiado y con esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario